Un cuento para adultos.


ADVERTENCIA AL LECTOR:


Como bien lo indica el titulo del relato, no es aconsejable que el mismo sea leido para o por niños. No por algunas frases o palabras que surjan en el contenido y que pueden ser inapropiadas para personas de cierta edad, sino por la revelación final del cuento que podría llegar a herir irreversiblemente la inocencia del pequeño. Aun así, si decidiera hacerlo, queda exclusivamente bajo su responsabilidad.

Andrés Brisco no era un joven muy brillante. Si bien era una buena persona, poseía un sentido del humor demasiado peculiar que a menudo generaba mas descontento que sonrisas entre los que lo rodeaban. Pero esta manera de ser era pura y exclusivamente para hacerse notar. Como no tenía en sí mismo características significativas que lo distingan de los demás, siempre buscaba una forma de destacarse.
Era verano y Mar del Plata rebalsaba como siempre de turistas. Andrés había salido esa tarde, a principios de enero, a cambiar ropa que le habían regalado hacia pocos días para su cumpleaños. Caminaba entre la gente, miraba alguna chica linda que cruzaba y, cada tanto, paraba para mirar alguna vidriera. Uno mas entre cientos, entre miles, que se veían igual que el. Se sentía pésimo.
De repente caminando por la calle Rivadavia se cruzo con un muchacho con una remera. Una remera negra. Una remera negra estampada con la frase: “De día soy rengo, y de noche…cojo!”. Al principio le resulto gracioso, luego algo chocante, pero finalmente se quedo pensando y llego a la conclusión de que la remera era algo más. Le daba carácter a quien la usaba. Lo distinguía entre la masa. Quizá por la vulgaridad de la frase, pero mas aun por no molestarle llevarla puesta. Como una especie de rebeldía silenciosa.
Dejo de lado lo que estaba haciendo y se puso a buscar una remera para el. Casualmente al pasar por una galería, se encuentra con una vidriera rebosante de remeras con frases del mismo estilo. Decidido entra y empieza a mirar entre todas buscando la frase que le siente mejor. Al cabo de un momento una chica se le acerca y le pregunta.
-        Hola, ¿te puedo ayudar en algo?
-        Mira estoy buscando una remera con alguna frase, pero no me convence ninguna. – le contesta Andrés.
-        Bueno si ninguna de estas te gusta – le dice la chica mientras saca una pila debajo del mostrador – podes ver entre estas otras que me acaban de llegar.
-        Uh, gracias. – contesto aliviado de que había mas por ver.
Ninguna de las remeras que había en ese pilón tenía una frase que le cayera en gracia.
-        Te agradezco – le dijo a la vendedora. – Pero ninguna de estas frases me gusta.
La vendedora aun desconforme de que luego de revolver todo el local no comprara nada, le aconseja.
-        Ah pero si es por la frase el tema, podes hacerte la remera con lo que vos quieras que diga en un local acá cerca.

Andrés volvió a contentarse y le correspondió a la chica muy agradecido. Salio del local con una sonrisa que se le borro al momento que puso un pie en la vereda, cuando se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo que quería poner en la remera y que podía ser cualquier cosa. Tenia que elegir bien.
Dio vueltas por el centro pensando que podía hacerse estampar pero ninguna frase lo convencía. Al cabo de unas horas, ya harto de pensar, decide abandonar la idea y se encamina a la parada del colectivo para regresar a su casa. Pero justo en el momento que cruza la avenida Luro caminando por la avenida Independencia, una epifanía lo fulmina como un rayo. La frase era perfecta. Sin dudarlo, gira sobre sus pies y corre hacia el local que le habían indicado.
Tras el mostrador del local había varios muchachos atendiendo y unos cuantos atrás trabajando, mientras un puñado de clientes esperan sus encargos. Andrés vio que uno de los muchachos quedo libre y se acerco al mostrador.
-        Buenas tardes. ¿Qué necesitabas?
-        Tenia ganas de hacerme una remera con una frase ¿se puede hacer?
-        Si como no – le dice amablemente el muchacho – elegite una remera de tu talle y del color que te guste de ese mostrador y anotame acá la frase que querés que diga – y el muchacho le desliza un papel y una birome sobre el mostrador.
Andrés anota en un segundo la frase y le devuelve el papel. El muchacho toma el papel y la remera y se dirige hacia la estampadora. De repente Andrés ve que el muchacho mira el papel y se detiene. Se vuelve al mostrador y con la voz totalmente seria le dice.
-        ¿Qué es esto flaco? ¿me estas cargando? ¿vos querés hacer que me echen?
Andrés, atónito, solo contesta que no con la cabeza. El muchacho deja el papel sobre el mostrador y sigue.
-        No che, esto no te lo puedo hacer. La verdad que no.
Otro joven que estaba en el mostrador mirando la escena se acerca y mira el papel.
-        Deja que yo se la hago – le dice a su compañero – seguí vos con mi cliente y yo me hago cargo.
El primero alza las manos en el aire como quitándose el problema y se va. El otro con mas confianza le dice a Andrés.
-        Dejálo. Pasa que este es un mojigato. Yo te la hago. Ahora… ¿vos estas seguro que querés que diga esto?
Andrés se limito solo a contestar que si con la cabeza.
-        Bueh. Como quieras.
Diez minutos después el joven se acerco con la remera terminada y se la entrega en una bolsita. Cuando le esta dando el vuelto, le dice en voz baja.
-        Lo único que te pido flaco…si te preguntan… no digas que te la hicimos acá.
-        Gracias. – fue todo lo que se le ocurrió contestar. Y salio del local con la bolsa en la mano.
No pudo aguantar y caminando como venia por la calle, se cambio la remera que tenia puesta por la que acababa de hacerse, solo para ver en público las repercusiones de su original indumentaria. Apenas un par de cuadras adelante empezaron a hacerse notar las primeras expresiones y a medida que fue acercándose a una zona mas concurrida empezaron los primeros comentarios acerca de la frase.
El primero de los comentarios vino de un señor que caminaba de la mano de dos pequeños de unos cuatro años y se paro delante de el en cuanto se encontraron.
-        ¿Vos te crees muy piola no? ¿Sabes que? ¡Sos un reverendo pelotudo! Y en mi opinión te podes ir bien a la re concha de tu hermana – le grito en la cara aun con los niños tomados de la mano, quienes al oír lo que este señor decía se miraron con los ojos bien abiertos y esbozando una pequeña sonrisa picaresca y de vergüenza. – Si te vuelvo a cruzar con esa remera – siguió – te juro que te rompo el culo a patadas – y se marcho tironeando de las manos a los niños aun consternados por la escena.
Andrés no podía creer que podía generar semejante actitud una simple frase en una común remera. Se quedo preocupado por lo que le habían dicho pero a los pocos metros en la misma cuadra se le acerco un muchacho de lentes y tupida barba que cargaba un par de libros bajo el brazo y le dijo:
-        Flaco sos un genio! Haces bien en mostrar eso, viejo! Hay que decirlo todo, hay que rebelarse contra este sistema de mierda que nos deforma la cabeza. Vos si que la tenés clara.- Sin decir mas nada siguió caminando dejando a Andrés con la boca abierta.
Finalmente estaba consiguiendo lo que quería, distinguirse del resto. Pero a medida avanzaba caminando por la peatonal San Martín el comentario de ese muchacho fue quedando totalmente opacado por el sinfín de expresiones de rechazo y dedos acusadores que se alzaban mientras las cabezas se movían de manera desaprobadora, y ya la idea de destacarse no le parecía tan favorable. Las reacciones negativas aumentaban: una madre que le cubre los ojos a una niña para que no lo lea, dos chicas que lo miraron mordiéndose el labio inferior despectivamente y al pasarlas estallaron en carcajadas, un anciano se golpeo las manos exclamando la frase “Que desastre esta juventud”.
Decidió escaparse de las caras de la calle y se metió en un conocido local de comida rápida con la intención de olvidarse de todo comiendo algo. Al parecer la cosa no iba a cambiar mucho ahí dentro porque todo el que miraba su remera parecía transformarse. Los ceños se fruncían, los dientes sobresalían o para reírse de el o para mostrar una rabieta seguida de insultos susurrantes. Se sentó en una mesa con su comida y de repente el salón se lleno de llantos de niños desconcertados y de padres de familia enfurecidos.
Al cabo de unos minutos el encargado del local seguido de dos agentes policiales se le acercaron y lo hicieron salir cubriéndole la remera con una chaqueta mientras la multitud aplaudía aliviada.
Ya en la comisaría, Andrés fue procesado por “disturbios en la vía pública” y luego de pasar un día demorado lo dejaron en libertad.
Y así fue como Andrés Brisco regresó a su casa para lograr un nuevo objetivo, perderse dentro de la masa sin que lo reconozcan por aquel episodio y sin pretender destacarse demasiado, salvo en aquello que sea realmente útil. Su primer paso para conseguirlo fue entonces, esconder para siempre esa remera y su inquietante frase:

LOS REYES MAGOS SON LOS PADRES
  

FIN

  
Martin Santella.


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