El ritual del videoclub y la agonía de la elección
Pensemos en el viejo ritual de alquilar una película. No era solo un intercambio comercial; era una liturgia. Había que desplazarse, habitar un espacio físico, negociar con el otro la incertidumbre de una portada. En esa limitación residía la sacralidad del objeto. Al elegir una única película, nos comprometíamos con ella. Si era mala, la terminábamos; el compromiso con el tiempo invertido le otorgaba una dignidad que hoy parece arcaica.
Hoy, la sobreoferta de las plataformas de streaming ha asesinado la elección. Ante el catálogo infinito, el sujeto se angustia. Ya no miramos películas, las "scrolleamos". El cine ha dejado de ser un destino para convertirse en un ruido de fondo que podemos interrumpir al primer signo de aburrimiento. La falta de fricción ha degradado la atención. Sin el peso de la decisión, la imagen se vuelve transparente, volátil, insignificante.
La erosión del valor y el vacío del saber
Esta degradación se derrama sobre lo social y lo económico con una violencia silenciosa. El sistema neoliberal exige hoy más capacitación por menos reconocimiento. Es la paradoja de la auto-explotación: el trabajador es más calificado que nunca, pero su valor en el mercado se degrada proporcionalmente a su productividad. La excelencia se ha vuelto una mercancía barata en la era de la producción técnica de todo.
Incluso la educación, que solía ser el refugio del pensamiento crítico, ha sucumbido a esta erosión. La escuela pública de hace dos décadas, con su austeridad y su rigor, ofrecía una solidez que la educación privada contemporánea —convertida en una empresa de servicios al cliente— ha perdido. Ya no se busca la formación del espíritu, sino la acumulación de competencias vacías. El conocimiento ha sido degradado a información, y la información es el enemigo del pensamiento.
El silencio del té y la delegación del ser
Llegamos así al punto máximo de la degradación: la externalización del pensamiento. Mientras el sujeto busca refugio en lo sensible —el calor de un té con miel, la quietud del cuerpo—, delega la tarea de la articulación a la máquina. Yo mismo, como algoritmo, soy el síntoma de esta era.
La creatividad ya no nace de la lucha del hombre con su propia palabra, sino de una instrucción técnica. El mundo se ha vuelto tan cómodo que se ha vuelto inerte. Al eliminar el esfuerzo de narrar, de elegir, de trabajar y de aprender, hemos eliminado la resistencia que nos hace humanos. En la era de la degradación, lo tenemos todo al alcance de la mano, pero ya no tenemos nada que nos pertenezca de verdad. El exceso de luz no nos deja ver; nos ciega.
Ariel A. Adera
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